Por Ismenia Ardila Díaz

A Elías Larrahondo Carabalí no sólo le correspondió ser el primer gobernador afro descendiente del Cauca, sino que le tocó el gran reto de liderar su departamento en el momento más complejo de la historia reciente por la pandemia del Covid-19, en medio de los vaivenes de un conflicto residual que protagoniza a diario los titulares de prensa.

Cuando aún no cumplía los cien días de mandato y concluía el recorrido por las siete subregiones para la construcción del Plan Departamental de Desarrollo, llegó la cuarentena y el aislamiento preventivo y con ellos, el gran reto de resolver viejas deudas en los territorios para reducir brechas, como la puesta en marcha de los PDET del Acuerdo de Paz, el fortalecimiento de las economías campesinas, un modelo y un sistema de salud apropiado, que responda a las exigencias mínimas frente a la compleja coyuntura y la contención de las constantes violaciones a los derechos humanos, especialmente de líderes sociales vinculados a causas étnicas, la defensa de la tierra y el medio ambiente.


Desde entonces, las rutinas diarias transcurren entre dos, tres y hasta seis reuniones virtuales en la casa o su despacho, frente a una pantalla, recargando celulares para atender el llamado de algunos de los 42 alcaldes, del Gobierno Nacional, la Fuerza Pública, y diferentes sectores de la región, combinando las tareas misionales con las de la emergencia y la respuesta a los medios de comunicación, que con desparpajo le preguntan, como la reportera de un medio nacional: – Hoy a quién asesinaron en el Cauca?

Muy a pesar de ello, en medio de una pausa de trabajo, en el silencio de un edifico vacío, preparándose para retomar agenda, sonríe y dice que las rutinas del quehacer diario han cambiado, pero que sigue siendo el hombre de siempre, de luchas y tareas, de compartir sencillo, amante de la familia, de una fe a toda prueba, “porque sin Dios, no soy nadie”.


Asegura que la formación espiritual es el mayor orgullo de su familia, como la de tener entre sus 14 hermanos un sacerdote, un seminarista y una etnoeducadora de la talla de Sor Inés, fundadora de “Casita de Niños”, primer modelo educativo afrocolombiano para la primera infancia; la formación en valores como la confianza, la unidad, la solidaridad, la fe y el respeto por el otro, que le inculcaron su padres, Abraham Larrahondo y Rosa Amelia Carabalí, de 88 y 78 años de edad. “Ellos son ejemplo de amor, capacidad de lucha y transparencia, me siento muy feliz de tenerlos vivos, siempre están muy pendientes, haciendo recomendaciones y consejos, inculcando el respeto por la dignidad humana; El temor a Dios y la honestidad son su principal legado”, enfatiza.

Relata que su fe ha estado a prueba en muchas ocasiones, cuando salió ileso de varios atentados contra su vida y al superar numerosos obstáculos. “No es fácil para una persona como Elías Larrahondo que viene de un hogar de padres campesinos y negros, con recursos económicos escasos, poder avanzar a partir del esfuerzo, de la mano de Dios”, afirma.

Con la sonrisa que le caracteriza, asegura que las dificultades que vivieron en la niñez son un referente constante para el reto de buscar que su gente no tenga que vivir con las limitaciones de su infancia. Insiste en que quiere ser una voz de esperanza y resiliencia y que los principales ejes del Plan de Desarrollo 42 Motivos para Avanzar, son la equidad, la interculturalidad, el medio ambiente, la transparencia, la reactivación económica y la paz territorial, aún en este panorama de incertidumbres por la coyuntura.

Atrás quedó la vida social y la posibilidad de jugar fútbol un domingo, “… ahora la agenda es muy estricta, hay que esforzarse, me gozo el trabajo, con una actitud abierta, un trato amable, respetuoso y generoso con la gente, para en ese orden ir avanzando “, dice.

Confiesa que el tiempo para dormir es escaso: “… a veces llego a las dos de la mañana y sorpresa, Alejo se despierta y quiere jugar, y como es poco tiempo que tengo para él, jugamos hasta las cuatro, y a las cinco de la mañana tengo que coger carretera”.

Qué significa ser el primer gobernador afro

Ante la pregunta, afirma que “es un orgullo poder demostrar que sí es posible, como lo dijimos al arrancar este proceso, de reivindicar la capacidad no sólo por ser afro, sino por mis orígenes, que sí podemos hacer las cosas cuando queremos y de ahí la necesidad de hacer ver que sí es posible. Tengo la responsabilidad de hacer las cosas bien y me siento orgulloso de poder mandar ese mensaje a la gente que le ha tocado vivir como a Elías. Más que ser gobernador, hay que intentar hacer las cosas, trabajar con perseverancia, dedicación, esmero y transparencia y así las cosas se dan, no tengamos miedo, rompamos paradigmas, avancemos, hay que salir del confort, hay que ser perseverantes y luchársela”.

Evocando con nostalgia La Balsa, su alegre pueblo, el gobernador del Cauca se declara un hombre apasionado por todo lo que hace, porque “es producto de lo que he querido hacer y lo que he construido; Ninguna etapa de mi vida es aislada a la otra, todo es una consecuencia, yo arranqué desde muy pequeño en mi familia, ayudando en las labores agropecuarias de mi padre y apoyando las labores en la plaza de mercado de mi mamá; Aprendimos la solidaridad y el trabajo en equipo, éramos catorce hermanos y tocaba hacer muchas cosas juntos para poder casi que subsistir, ahí nació el aprendizaje de querer hacer las cosas bien”.

Relata un cúmulo de necesidades que le impulsaron hacia el trabajo comunitario y social, la formación profesional y el camino al servicio público, en la oficina de Rentas del Departamento, como cajero, almacenista y jefe de la Oficina de Tránsito de Santander de Quilichao, el retorno a Buenos Aires para ser Personero y Alcalde y el liderazgo de la Asociación de Municipios del Norte Cauca y asumir la Secretaría de Educación del Departamento y la Gerencia de la Industria Licorera del Cauca, antes de postular su nombre a la Gobernación.

Su gestión avanzará y en cuatro años se harán los balances de su obra. Entretanto, en la retina de muchos estará el recuerdo del primer afrocaucano que llegó a la máxima dignidad del departamento y que luego de jurar con convicción ante Dios su alto compromiso, celebró con su gente el camino que abrió para los suyos, cantando y bailando alegremente entre violines negros, con la actitud y la sonrisa que siempre le acompaña.

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