El 16 de octubre de ese año. El patrullero Luis Rico y su compañero Kael, un labrador de 3 años, salieron a patrullar por la zona con el fin de identificar minas antipersonales cerca a los cultivos de coca.

Tras un kilómetro de recorrido, aproximadamente, Rico ve al “perro dando vueltas en círculo”. Él dice que cuando volteó a mirarlo para saber qué pasaba. En cámara lenta vio su mirada tierna y el momento en que Kael se sentaba. Fue el momento de la fuerte explosión.

Cada segundo de ese trágico instante lo tiene presente, no sentía las piernas. Solo escuchaba en el fondo el llanto de Kael. “Mi perrito estaba llorando, hubo un momento en el que pude abrir los ojos y medio moverme, en ese instante lo vi, estaba ahí, a mi lado, cuando vio que me pude mover, se calmó”.

Recuerda que llegaron enfermeros de guerra, lo subieron a un helicóptero y tanto él como su fiel compañero estaban luchando por seguir viviendo. “A mi perrito le pusieron un apósito abdominal para controlar la hemorragia. A mí me colocaron oxígeno. Llegamos a la clínica de Montería y nos separamos”. A Kael lo llevaron para que lo atendiera de urgencia un cirujano veterinario, estaba muy grave.

Cuenta que 24 horas después un enfermero canino llegó a su habitación a decirle que Kael había fallecido.

“Empecé a llorar, porque gracias a él yo estoy acá. Estoy completo, me puedo valer por mí mismo. Si no fuera por él, créame que yo no estaría contando esta historia.”. Aquel que entregó su vida para salvarlo. “Yo no perdí a un amigo, yo perdí a un compañero de vida”.