La vereda Esperanzas del Mayo está ubicada a poco más de una hora por carretera del casco urbano del municipio caucano de Mercaderes. Allí habitan unas 300 familias y unos 600 campesinos, como Américo Quintero, quien aún recuerda los momentos azarosos que le hicieron vivir los paramilitares a comienzos de la década pasada.

“Ellos (los paramilitares) mataban gente y trataban la gente a la brava”, dijo Quintero, de 62 años y quien el viernes recibió, en el parque-coliseo de Mercaderes, el título que lo acredita como propietario definitivo de los 180 metros cuadrados de tierra por los que ha luchado durante toda su vida.

El acto estuvo encabezado por el presidente Juan Manuel Santos, quien aseguró que el campo en Colombia ha estado atrasado durante siglos. Por eso hizo hincapié en que, durante los más de siete años de su gobierno, su objetivo ha sido equiparar el nivel de vida de quienes viven en el campo con los de la ciudad.

Al igual que a Quintero, otros 105 campesinos de Mercaderes, Balboa y Rosas -todas localidades del Cauca- recibieron los títulos de sus propiedades en un nutrido evento en el que el jefe de Estado estuvo acompañado por el director de la Agencia Nacional de Tierras, Miguel Samper Strouss.

La entrega de estos nuevos 106 títulos hace parte del programa “Formalizar para Sustituir” que la Agencia de Tierras promueve con campesinos de zonas del país que en el pasado tuvieron nexos con cultivos ilícitos o que eventualmente puedan tenerlos.

Samper Strouss ha dicho que ninguna de las familias a las que se les ha entregado títulos dentro del programa ha reincidido en la resiembra de hoja de coca.

Visiblemente emocionado, Américo Quintero, un hombre tímido y de pocas palabras, explicó que los paramilitares llegaron a Esperanzas del Mayo en el año 2000 y que allí se mantuvieron hasta 2005. “Al que no les obedecía o lo corrían o lo mataban”, aseguró.

Uno de esos muertos fue Miller Calderón Ramos. Tenía solo 17 años y los paramilitares lo retuvieron junto a dos de sus amigos en un puente de la vereda. Dos de ellos aparecieron muertos. De Calderón nunca más se volvió a saber, aunque su hermana Ligia Ramos da por descontado que está muerto. Corría el año 2003 y los paramilitares tenían azotado el país.

“Yo no puedo decir que mi hermano fuera un santo, pero era un muchacho de solo 17 años. No lo podían matar. ¡Por Dios!”, sostuvo Ramos, de 32 años y madre de un hijo, durante una entrevista con la oficina de prensa de la Agencia Nacional de Tierras y una larga conversación entre los periodistas y la comunidad de Esperanzas del Mayo.

Ramos es una lideresa nata. De hecho, es la presidenta de la Junta de Acción Comunal de Esperanzas del Mayo. Pero no todo el tiempo pudo hablar con la elocuencia y viveza con que lo hace hoy en día. Por la época en que mataron a su hermano Miller toda su familia fue amenazada. Entonces su voz se silenció temporalmente, pero no tanto por ella sino para no meter en problemas a sus allegados, según sus palabras.

Por eso es que Ramos califica como excelentes las negociaciones de paz que sellaron el gobierno nacional y las otrora guerrilleras Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc). “Lo de la paz es excelente. Antes del proceso de paz a uno le daba miedo hablar”, dijo. En cambio “hoy ya no me da miedo”, enfatizó.

Para Ramos, la paz tiene dos etapas. Una es la dejación de armas por parte de las guerrillas. Y la otra, tal vez la más importante para ella, es la tierra. Según sus palabras, el hecho de que la Agencia Nacional de Tierras se haya dado a la tarea de legalizar los predios de miles de campesinos de toda Colombia “es muy importante para la paz porque uno sin una escritura no tenía nada y uno era muerto de miedo a toda hora de que esos tipos (ilegales) llegaran y lo sacaran a uno de la tierrita”.

Ese miedo a perder su predio también quedó atrás para María Mavisoy de Hermosa, una morena fina de 56 años que en la jornada también recibió el título de su propiedad en Esperanzas del Mayo.

Mavisoy, como Ramos, también perdió el miedo a hablar. Ahora cuenta que cuando la incursión paramilitar a Esperanzas del Mayo le sucedió un hecho que aún no ha podido sacar de su cabeza.

El año exacto no lo recuerda. En todo caso, en una oportunidad ella y su hija se fueron para el río a lavar ropa. No había nadie en el sector. De pronto su tranquilidad fue interrumpida por un grupo de sujetos armados que perseguían a un hombre. Lo alcanzaron y lo mataron. El cadáver cayó junto a Mavisoy y su hija. Entonces los asesinos estaban ante un problema: había dos testigos del homicidio que acababan de perpetrar.

“Yo no he visto nada, yo no he visto nada”, les dijo Mavisoy en infinidad de veces a los paramilitares, quienes por fortuna abandonaron el lugar sin agregar más sangre a su prontuario.

“Gracias a mi Dios ahora estamos en paz”, sentenció.