Por: ÁLVARO JESÚS URBANO ROJAS

La pandemia arrasó con nuestro refugio nostálgico al clausurar una historia que comenzó en 1951, cuando Agustín Sarria llega a Popayán del norte del Valle del Cauca,  para quedar atrapado el hechizo de una ciudad que lo acoge como el conspirador que incita la bohemia entre lisonjas y libaciones de parroquianos de todo linaje. Lugar de encuentros noctámbulos de la Popayán romántica y arrabalera, cuyonombre evoca el bambuco “El Sotareño” compuesto en 1928 por el  médico payanés Francisco Eduardo Diago.  

Parodiando el pasillo del  célebre compositor antioqueño, Jorge Molina Cano, quien legó a la cultura colombiana el pasillo “Las Acacias”; acudo a su texto para desahogar la tristeza que me asiste, hace dos semanas, “El Sotareño” cerró sus puertas para siempre. Ya no están el jolgorio y las risas abrigando sus paredes, en la esquina de la calle silenciosa queda la casa. Se diría que sus puertas las cerraron para siempre; se cerraron para siempre sus ventanas. Gime el viento en los aleros, desmorónanse las tapias, y en sus puertas cabecean combatidas por el confinamiento y el cierre de todos los bares y centros de bohemia. Dolorido… fatigado de este viaje de la vida, he pasado por las puertas de su estancia, y mil historias se contaron entre bártulos ocultos. Todo ha muerto: la alegría y el bullicio, los que fueron la alegría y el calor de aquel lugar, se marcharon unos muertos y otros vivos que tenían muerta el alma, se marcharon para siempre de sus espacios, donde por años se enseñoreó el encanto de la simpleza.Se silenciaron sus recitales de bohemia pura, la techumbre  añosa y susparedes de barro se desmoronan de tristeza, se apagaron sus faroles coloniales, se ausentó la acústica de tangos  y bandoneones, y se saquearon sin compasión, gramófonos, vitrolas y su menaje de cantina. Se dejó sin refugio la intimidad nocturnal de la Popayán de antaño.  


Desaparecen de su interior los doseles sepia y cortinas escarlata, con aroma a tabaco y licor, se desmantela  la esencia de un colectivo  eufórico y  poético, nunca más se tendrá la oportunidad de adentrarse en un túnel del tiempo, entre  retales  de fique  y banda sonora de colección con más de tres mil disco de vinilo, para que afloren las cuitas y los buenos momentos. Se quedaron sin refugio los intelectuales, aventureros y políticos soñadores  asediados por las  utopías demagógicas  de ser opositores del sistema.  Desaparecieron las citas, y los encuentros sin convocatoria previa de escritores, poetas, artistas y célebres personajes públicos que entre el bullicio de la  juerga   se nutrían de las fuentes del saber y la elocuencia.

Ante el cierre intempestivo de “El Sotareño”, rememoro las palabras del poeta libanés, Yibrán Jalil Yibrán Khalil Gibran: Dicen que antes de entrar en el mar, el río tiembla de miedo. Mira para atrás todo el camino recorrido, las cumbres, las montañas, el lago y sinuoso camino abierto a través de selvas y poblados, y ve frente de sí un océano tan grande, que entrar en él solo puede significar desaparecer para siempre. Pero no hay otra manera, el río no puede volver. Volver atrás es imposible en la existencia. El río necesita aceptar su naturaleza y entrar en el océano. Solamente entrando en el océano se diluirá el miedo, porque solo entonces sabrá el río que no se trata de desaparecer en el océano, sino en convertirse en océano. Después de 57 años El Sotareño silencia sus cantares para perpetuarse en la historia, al igual que los amores que allí se anidaron, dejando en el ocaso los aplausos, pasiones clandestinas y utópicas quimeras de juglares de esplendido talento que al robar inspiración a la tristeza, dignificaron la cultura de una ciudad que necesita superar la crisis para no sucumbir en el vasto océano de las lamentaciones.

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